Estábamos sentados justo en el mismo punto de la barra en que estoy yo ahora. Él me dijo susurrándome al oído: “La vida es como un helado porque...” Y no recuerdo porque mierda la vida es como un helado. “Filosofía barata”, me decía después Valery con sus labios siempre rojos, aún después de haber besado treinta bocas esa noche. En realidad, la vida es una basura. Se lo diría, si volviera.
“Te enamoraste de él”, dice Valery mientras yo observo mi reflejo en el mismo espejo que se reflejan las demás putas. ¡Enamorarme! El amor es una bola de helado estampada en el suelo, a punto de ser pisada por mi pie.
Al otro lado del espejo, bajo la luz roja, me visualizo follando y llego a un punto de abstracción tal, que consigo verme haciéndomelo con todos mis clientes a la vez. Por cada orgasmo nace un rostro mío, y cada rostro aprende a besar de mil formas distintas. Y allá, en un rincón, me veo sola, vomitando por los ojos la mujer que no sé ser, la que se permite amar, la que se permite hacer el amor, la que echa de menos algo cada vez que va a trabajar. Estoy gritando y no me escucho. Levanto los brazos, me hago señas y no alcanzo a comprenderme. Sospecho que debería salir a mi encuentro, tropezarme y cicatrizarme, ser sujeto y objeto, existir más allá de los consejos rojos de Valery.
Le recuerdo sentado justo en este punto de la barra. Creí que él me daría un nombre que no fuera de puta e, incluso, me imaginé descartando besos para quedarme con los que a él le gustaran. Y aquí sigo, aún pudiendo ser cualquiera.
- Hola, señorita. ¿Puedo invitarla a una copa?
Valery me guiña un ojo. Este me tocó guapo.
Selkis
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1 comentario:
venga, este es muy bueno, ya lo leí como 6 veces, sigue gustándome mucho el final.
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